“Sapucai: un grito largo y
agudo de los guaraníes.
Usado muchas veces como grito
de guerra”
Por JaBond
Sapucai es un pueblito pintoresco que queda a unos 200 kilómetros de Asunción.
Un hermoso paraje de montes empinados, atravesados por arroyos y laderas verdes
durante la primavera y el verano que observan, desde la altura, la cobriza
locomotora de lo que fue el primer ferrocarril de Sudamérica. Y, muy particularmente
con un aroma celestial que dan los jazmines del Paraguay que crecen en la zona.
Aunque, si bien este paraje de ensueño tiene esa gran belleza paradisiaca, es
un lugar también conocido por su actividad paranormal.
En especial de niños que aparecen a la vera de las rutas y caminos de
tierra que luego desaparecen como si no hubiera nada. O voces que suenan por
las noches o las tardes mientras todos duermen la siesta. Voces que llaman y
que muchas veces conducen a la muerte o al suicidio quien las sigue.
Algunos dicen que esos susurros pertenecen al innombrable de la “P”, otros
al Yasiyatere pero en el pueblo saben que es por otra razón. Esa razón se
debe a los guardianes del oro.
La historia se remonta hacia el final de la guerra de la Triple Infamia cuando
una columna de bandeirantes avanzaba sobre el Paraguay destrozando y masacrando
todo lo que encontraba a su paso. Siguiendo
a Madam Lynch de Solano López que escapaba, en su carroza, con parte del tesoro
del país, muchas piezas y monedas de oro invaluables, con el objetivo de que no
cayera en manos enemigas.
En determinado momento, ella junto con su caravana compuesta de muchos
soldados que eran apenas niños, se dieron cuenta que el peso de la carroza no
les permitiría escapar.
Así que detuvo el carruaje y les dio la misión a los soldados, de esconder
el tesoro y que solamente ellos supieran el lugar exacto para que nadie pudiera
hacerse de él.
Al regresar de su misión, los soldados asumieron que sus perseguidores
estaban muy cerca y que si ellos caían prisioneros seguramente mediante tormentos
terminarían sabiendo de los escondites del oro y todo habría sido en vano.
Así que, para evitar esa infamia, le dijeron a Madame Lynch que continuara
escapando y que ellos harían de señuelo resistiendo a las tropas enemigas con
el juramento de proteger el oro.
Madame, en llanto por el sacrificio que realizarían, les otorgo un presente
a modo de agradecimiento y de protección en el otro mundo un pétalo de jazmín del
Paraguay a cada uno.
Luego, subió a la carroza y emprendió el escape a toda prisa. Sin embargo,
a la hora de viaje la columna de bandeirantes la alcanzo.
Al llegar, con toda fiereza gritaron ¿dónde está el oro?, denme el oro o terminarán
como esa cuadrilla de escuálidos que dejaron sobre aquel paraje.
A lo que Madame Lynch grito: ¡no me toquen! si alguno de ustedes me hace
algo la corona francesa responderá y no tendrá piedad con ustedes. Los
banderiantes al escuchar sus gritos, se dieron cuenta que las palabras de la
dama eran ciertas. Entonces, sin tocarle un pelo asaltaron la carroza para
tomar el oro asesinando a su cochero.
Al ver la carroza vacía, furiosos gritaron ¿dónde está el oro?. A lo que
madame Lynch respondio, el oro no está conmigo se lo he dejado a mis guardianes
que han jurado protegerlo y para eso lo han escondido. Pero, les aconsejo algo,
no vayan por él ya que ellos ya no están en este mundo y todo aquel que lo toque
deberá atenerse a las consecuencias.
Los bandeirantes, frustrados y entendiendo esa advertencia como puras tonterías
de una mujer derrotada, decidieron dejar a Lynch y enviaron un grupo de
soldados para buscar el oro.
Dicen las lenguas que de esos soldados solamente uno regreso y contó que, al
retornar al paraje, una figura de un niño paso corriendo y, pensando que era
uno de esos mequetrefes que escondía el oro, lo siguieron.
Al seguirlo, de un momento a otro, el niño se esfumo y un grupo de soldados
salió de las sombras o de vaya a saber dónde y los ataco. El solo pudo escapar
con vida para contar lo que vio.
Desde ese entonces, muchas personas fueron a Sapucai tras la Leyenda del oro
del Paraguay, incluso se han encontrado monedas u otros objetos invaluables en
los lugares más extraños como en las columnas del techo de una casa. Aunque a
cada encuentro, siempre se le sucedió una tragedia. Muchos dicen que es la casualidad,
pero todos saben que en realidad se trató de los guardianes del oro que aún
siguen haciendo cumplir su promesa.
IA