sábado, 7 de marzo de 2026

Los guardianes del oro de la guerra de la Triple Alianza

 


Foto: La nacion



 

“Sapucai: un grito largo y agudo de los guaraníes.

Usado muchas veces como grito de guerra”

 

Por JaBond

 

Sapucai es un pueblito pintoresco que queda a unos 200 kilómetros de Asunción. Un hermoso paraje de montes empinados, atravesados por arroyos y laderas verdes durante la primavera y el verano que observan, desde la altura, la cobriza locomotora de lo que fue el primer ferrocarril de Sudamérica. Y, muy particularmente con un aroma celestial que dan los jazmines del Paraguay que crecen en la zona.

Aunque, si bien este paraje de ensueño tiene esa gran belleza paradisiaca, es un lugar también conocido por su actividad paranormal.

En especial de niños que aparecen a la vera de las rutas y caminos de tierra que luego desaparecen como si no hubiera nada. O voces que suenan por las noches o las tardes mientras todos duermen la siesta. Voces que llaman y que muchas veces conducen a la muerte o al suicidio quien las sigue.

Algunos dicen que esos susurros pertenecen al innombrable de la “P”, otros al Yasiyatere pero en el pueblo saben que es por otra razón. Esa razón se debe a los guardianes del oro.

La historia se remonta hacia el final de la guerra de la Triple Infamia cuando una columna de bandeirantes avanzaba sobre el Paraguay destrozando y masacrando todo lo que encontraba a su paso.  Siguiendo a Madam Lynch de Solano López que escapaba, en su carroza, con parte del tesoro del país, muchas piezas y monedas de oro invaluables, con el objetivo de que no cayera en manos enemigas.

En determinado momento, ella junto con su caravana compuesta de muchos soldados que eran apenas niños, se dieron cuenta que el peso de la carroza no les permitiría escapar.

Así que detuvo el carruaje y les dio la misión a los soldados, de esconder el tesoro y que solamente ellos supieran el lugar exacto para que nadie pudiera hacerse de él.

Al regresar de su misión, los soldados asumieron que sus perseguidores estaban muy cerca y que si ellos caían prisioneros seguramente mediante tormentos terminarían sabiendo de los escondites del oro y todo habría sido en vano.

Así que, para evitar esa infamia, le dijeron a Madame Lynch que continuara escapando y que ellos harían de señuelo resistiendo a las tropas enemigas con el juramento de proteger el oro.

Madame, en llanto por el sacrificio que realizarían, les otorgo un presente a modo de agradecimiento y de protección en el otro mundo un pétalo de jazmín del Paraguay a cada uno.

Luego, subió a la carroza y emprendió el escape a toda prisa. Sin embargo, a la hora de viaje la columna de bandeirantes la alcanzo.

Al llegar, con toda fiereza gritaron ¿dónde está el oro?, denme el oro o terminarán como esa cuadrilla de escuálidos que dejaron sobre aquel paraje.

A lo que Madame Lynch grito: ¡no me toquen! si alguno de ustedes me hace algo la corona francesa responderá y no tendrá piedad con ustedes. Los banderiantes al escuchar sus gritos, se dieron cuenta que las palabras de la dama eran ciertas. Entonces, sin tocarle un pelo asaltaron la carroza para tomar el oro asesinando a su cochero.

Al ver la carroza vacía, furiosos gritaron ¿dónde está el oro?. A lo que madame Lynch respondio, el oro no está conmigo se lo he dejado a mis guardianes que han jurado protegerlo y para eso lo han escondido. Pero, les aconsejo algo, no vayan por él ya que ellos ya no están en este mundo y todo aquel que lo toque deberá atenerse a las consecuencias.

Los bandeirantes, frustrados y entendiendo esa advertencia como puras tonterías de una mujer derrotada, decidieron dejar a Lynch y enviaron un grupo de soldados para buscar el oro.

Dicen las lenguas que de esos soldados solamente uno regreso y contó que, al retornar al paraje, una figura de un niño paso corriendo y, pensando que era uno de esos mequetrefes que escondía el oro, lo siguieron.

Al seguirlo, de un momento a otro, el niño se esfumo y un grupo de soldados salió de las sombras o de vaya a saber dónde y los ataco. El solo pudo escapar con vida para contar lo que vio.

Desde ese entonces, muchas personas fueron a Sapucai tras la Leyenda del oro del Paraguay, incluso se han encontrado monedas u otros objetos invaluables en los lugares más extraños como en las columnas del techo de una casa. Aunque a cada encuentro, siempre se le sucedió una tragedia. Muchos dicen que es la casualidad, pero todos saben que en realidad se trató de los guardianes del oro que aún siguen haciendo cumplir su promesa.


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