Foto:Infobae
Por
Jabond
Este suceso ocurrió por el barrio de Saavedra, una zona de casitas
bajas que en el último tiempo con el avance de las construcciones fue dejando de
lado a su clásico estilo porteño por los edificios de altura.
En una de las demoliciones, un antiguo chalet de dos pisos y un altillo donde trabajaban entre tres y cinco personas, un trabajador tenía la costumbre de llegar muy temprano, ser el primero en empezar, para terminar su horario laboral lo antes posible, aparentemente por una cuestión amorosa.
Sistemáticamente
todas las mañanas llegaba, se cambiaba la ropa, ponía unos mates y empezaba con
la demolición. A la hora,
aproximadamente, solía llegar su compañero y luego el resto de la cuadrilla.
A los diez días, de comenzada la construcción, el chalet ya no tenía
techo ni ventanas, estaba casi al aire libre y en la planta baja se había
acumulado un montículo de tierra, escombros, fierros y maderas viejas.
Una mañana estaba trabajando en la planta baja y en un momento
sintió unos ruidos como si tiraran piedritas. Freno por un momento, no escucho
nada, y siguió trabajando. A los minutos, nuevamente el ruido que cesaba cuando
dejaba sus tareas. Luego de un rato, detuvo lo que estaba haciendo y salió a dar
una vuelta para ver quien estaba haciendo el bullicio y, al salir, no vio nadie
alrededor. Así, que continuo con sus tareas pensando que había sido el viento.
Al día siguiente, otra vez el ruido de las piedritas, pero esta vez
fue diferente ya que escucho unas risas de niños. ¡Pendejos de mierda! grito el
albañil y salió corriendo hacia donde se escuchaban las risas y las piedras, pero,
otra vez, no había nadie.
Al tercer día, nuevamente la misma historia, solo que ahora al salir
los llego a ver: eran dos niños que estaban parados arriba del montículo, vestidos
con pintorcitos uno azul y otro verde, tenían los ojos amarillos rojizos y una
risa blanca que miraron al hombre para luego salir corriendo. El albañil, luego
de quedar sorprendido unos segundos, los salió a correr, pero fue inútil ya que
rápidamente los perdió de vista tras la montaña de basura. Así que decidió
recorrer el lugar en búsqueda de las criaturas. Revisó todo, incluso la puerta,
que estaba cerrada. Pero, no había nadie en la obra más que él.
Al cuarto día y encontrarse con la misma situación le comenzó a
preocupar lo que estaba sucediendo, aunque esta vez al llegar su compañero le
pregunto si no había visto unos pendejos rompiendo las bolas en la construcción.
Su compañero, sorprendido, le dijo que no y que la puerta estaba perfectamente
cerrada cuando llego, así que nadie pudo entrar o salir sin hacer ruido y que
se enterase.
Habían pasado 5 días y el albañil estaba empezando a creer que
estaba loco. Había dos niños jugando sobre el montículo tirando piedras y solo él
los podía ver.
Al día siguiente cuando escucho los ruidos, decidió actuar con
cautela. Sigilosamente fue hacia donde se escuchaban los golpes de las
piedritas y pudo ver a los chiquillos jugando. Y los llamo, pero fue inútil, salieron
corriendo al verlo y desaparecieron.
Fue así que el albañil se paro frente a la montaña de basura y
gritó:
-¡Niños! ¡Niños!
disculpen no quiero molestarles, pero les tengo un trato para hacerles.
-Hagamos el
siguiente trato, ya que al parecer solo yo puedo verlos, si ustedes se dejan ver
a mis compañeros les regalo una bolsa de caramelos. Aunque sea una vez.
Cuando terminó
de decir las palabras una leve ventisca, le hizo entender que había hecho un
trato.
A la mañana
siguiente, el albañil llego un poco más tarde de lo común con una bolsa llena
de caramelos y al entrar gritaba:
-Niños acá estoy,
cumplí con mi promesa, una bolsa llena de caramelos. En un rato llegara mi
compañero y se tienen que dejar ver.
A los 15 minutos llego su compañero y el albañil sin mediar palabras
atranco la puerta, lo tomo del brazo y le dijo -seguime.
Se paró frente
al montículo. Su compañero no entendía nada.
-Chicos aquí está la bolsa de caramelos, ahora cumplan con su
promesa.
De repente, sin entender como salieron desde atrás del montículo los
dos nenes y se pararon en la parte más alta mirando fijamente a los dos operarios.
El albañil, con la bolsa de caramelos en la mano y sosteniéndola en
alto, le decía a su compañero viste te decía por estos chicos, su compañero
quedo helado viendo esas fantasmales figuras. Hasta que una estrepitosa ráfaga
de viento levanto una polvareda e hizo desaparecer de la mano del albañil la
bolsa de caramelos y después de limpiarse la tierra de los ojos, los niños ya
no estaban más.
Los dos hombres quedaron estupefactos y con miedo. Pensando que
habría sido eso. Serán espíritus dijo uno, pero yo creo que no hay niños que
sean espíritus, quizás son otra cosa, dijo el otro. Era todo muy desconcertante,
pero tenían que seguir trabajando.
Para su suerte, desde ese día los niños no volvieron a aparecer, lo
que los hizo pensar que se habían marchado. Sin embargo, algo les hacía pensar
que aquellos niños aún permanecían en el lugar.
Fue allí, al mes, cuando comenzaron las excavaciones con la pala
mecánica, un vendaval se desato en medio de la obra e hizo que el maquinista
hiciera un mal movimiento rompiendo un caño de agua con la máquina. Cuando pudieron
cortar el chorro de agua y ordenar la excavación apareció el horror. Un
esqueleto de un hombre completo con restos de ropa yacía bajo aquel chalet. A
lo que inmediatamente se llamó a la policía y se inició una investigación que
en sus estudios dieron como resultado un crimen ocurrido hace varias décadas.
Y fue así mientras eso ocurría que a los trabajadores no les quedo
otra cosa que recordar a los niños y el viento. Los chicos, habrán sido
fantasmas que querían dar a conocer al fallecido o si no ¿Qué? Quizás algo que
entendía que era hora de dar a luz el crimen para ir a cobrarse alguna deuda de
antaño.
Eso no lo sabrán, pero algo es seguro, terminar lo antes posible
para alejarse de ese lugar y no volver nunca mas.
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