domingo, 12 de octubre de 2025

No te desharás de mí tan fácilmente

 



Foto:Infobae
 

Por Jabond

Este suceso ocurrió por el barrio de Saavedra, una zona de casitas bajas que en el último tiempo con el avance de las construcciones fue dejando de lado a su clásico estilo porteño por los edificios de altura.

En una de las demoliciones, un antiguo chalet de dos pisos y un altillo donde trabajaban entre tres y cinco personas, un trabajador tenía la costumbre de llegar muy temprano, ser el primero en empezar, para terminar su horario laboral lo antes posible, aparentemente por una cuestión amorosa. 

Sistemáticamente todas las mañanas llegaba, se cambiaba la ropa, ponía unos mates y empezaba con la demolición.  A la hora, aproximadamente, solía llegar su compañero y luego el resto de la cuadrilla.

A los diez días, de comenzada la construcción, el chalet ya no tenía techo ni ventanas, estaba casi al aire libre y en la planta baja se había acumulado un montículo de tierra, escombros, fierros y maderas viejas.

Una mañana estaba trabajando en la planta baja y en un momento sintió unos ruidos como si tiraran piedritas. Freno por un momento, no escucho nada, y siguió trabajando. A los minutos, nuevamente el ruido que cesaba cuando dejaba sus tareas. Luego de un rato, detuvo lo que estaba haciendo y salió a dar una vuelta para ver quien estaba haciendo el bullicio y, al salir, no vio nadie alrededor. Así, que continuo con sus tareas pensando que había sido el viento.

Al día siguiente, otra vez el ruido de las piedritas, pero esta vez fue diferente ya que escucho unas risas de niños. ¡Pendejos de mierda! grito el albañil y salió corriendo hacia donde se escuchaban las risas y las piedras, pero, otra vez, no había nadie.

Al tercer día, nuevamente la misma historia, solo que ahora al salir los llego a ver: eran dos niños que estaban parados arriba del montículo, vestidos con pintorcitos uno azul y otro verde, tenían los ojos amarillos rojizos y una risa blanca que miraron al hombre para luego salir corriendo. El albañil, luego de quedar sorprendido unos segundos, los salió a correr, pero fue inútil ya que rápidamente los perdió de vista tras la montaña de basura. Así que decidió recorrer el lugar en búsqueda de las criaturas. Revisó todo, incluso la puerta, que estaba cerrada. Pero, no había nadie en la obra más que él.

Al cuarto día y encontrarse con la misma situación le comenzó a preocupar lo que estaba sucediendo, aunque esta vez al llegar su compañero le pregunto si no había visto unos pendejos rompiendo las bolas en la construcción. Su compañero, sorprendido, le dijo que no y que la puerta estaba perfectamente cerrada cuando llego, así que nadie pudo entrar o salir sin hacer ruido y que se enterase. 

Habían pasado 5 días y el albañil estaba empezando a creer que estaba loco. Había dos niños jugando sobre el montículo tirando piedras y solo él los podía ver.

Al día siguiente cuando escucho los ruidos, decidió actuar con cautela. Sigilosamente fue hacia donde se escuchaban los golpes de las piedritas y pudo ver a los chiquillos jugando. Y los llamo, pero fue inútil, salieron corriendo al verlo y desaparecieron.

Fue así que el albañil se paro frente a la montaña de basura y gritó:

-¡Niños! ¡Niños! disculpen no quiero molestarles, pero les tengo un trato para hacerles.

-Hagamos el siguiente trato, ya que al parecer solo yo puedo verlos, si ustedes se dejan ver a mis compañeros les regalo una bolsa de caramelos. Aunque sea una vez.

Cuando terminó de decir las palabras una leve ventisca, le hizo entender que había hecho un trato.

A la mañana siguiente, el albañil llego un poco más tarde de lo común con una bolsa llena de caramelos y al entrar gritaba:

-Niños acá estoy, cumplí con mi promesa, una bolsa llena de caramelos. En un rato llegara mi compañero y se tienen que dejar ver.

A los 15 minutos llego su compañero y el albañil sin mediar palabras atranco la puerta, lo tomo del brazo y le dijo -seguime.

Se paró frente al montículo. Su compañero no entendía nada.

-Chicos aquí está la bolsa de caramelos, ahora cumplan con su promesa.

De repente, sin entender como salieron desde atrás del montículo los dos nenes y se pararon en la parte más alta mirando fijamente a los dos operarios.

El albañil, con la bolsa de caramelos en la mano y sosteniéndola en alto, le decía a su compañero viste te decía por estos chicos, su compañero quedo helado viendo esas fantasmales figuras. Hasta que una estrepitosa ráfaga de viento levanto una polvareda e hizo desaparecer de la mano del albañil la bolsa de caramelos y después de limpiarse la tierra de los ojos, los niños ya no estaban más.

Los dos hombres quedaron estupefactos y con miedo. Pensando que habría sido eso. Serán espíritus dijo uno, pero yo creo que no hay niños que sean espíritus, quizás son otra cosa, dijo el otro. Era todo muy desconcertante, pero tenían que seguir trabajando.

Para su suerte, desde ese día los niños no volvieron a aparecer, lo que los hizo pensar que se habían marchado. Sin embargo, algo les hacía pensar que aquellos niños aún permanecían en el lugar.

Fue allí, al mes, cuando comenzaron las excavaciones con la pala mecánica, un vendaval se desato en medio de la obra e hizo que el maquinista hiciera un mal movimiento rompiendo un caño de agua con la máquina. Cuando pudieron cortar el chorro de agua y ordenar la excavación apareció el horror. Un esqueleto de un hombre completo con restos de ropa yacía bajo aquel chalet. A lo que inmediatamente se llamó a la policía y se inició una investigación que en sus estudios dieron como resultado un crimen ocurrido hace varias décadas.

Y fue así mientras eso ocurría que a los trabajadores no les quedo otra cosa que recordar a los niños y el viento. Los chicos, habrán sido fantasmas que querían dar a conocer al fallecido o si no ¿Qué? Quizás algo que entendía que era hora de dar a luz el crimen para ir a cobrarse alguna deuda de antaño.

Eso no lo sabrán, pero algo es seguro, terminar lo antes posible para alejarse de ese lugar y no volver nunca mas.

 

 

 

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